Juventud ¿Divino tesoro?

La juventud, como momento culminante de la infancia y la agitada adolescencia, aparecería como algo idílico. Pura placidez. Pero nada más lejos de la realidad.

Es un momento de grandes dudas e inquietudes.

Traspasada la adolescencia y comprobada la no validez (en algunos aspectos), de los referentes familiares seguidos hasta ese momento, la juventud, aparece como un momento de gran soledad, que en ocasiones genera mucha angustia, culpa y desorientación.

Teniendo en cuenta, que el deseo es algo “personal e intransferible”, resulta complicado para los jóvenes, tirar adelante con ese proyecto en el que a veces, sólo ellos creen. Sería algo así, como que  sólo uno, es “fan” de uno mismo. Y sostener el deseo es complicado en ese sentido.

Los jóvenes pueden sentirse incomprendidos por su entorno según las elecciones que hayan hecho en cuanto a “proyecto de futuro”.

Es la época, por ejemplo, de elegir qué carrera se va a cursar en la Universidad. Problemas a la vista. La sugerencia que se impone por parte de padres y familiares, es elegir estudios “que tengan salida”. Falso. Esa no es la opción correcta. La opción correcta, es elegir eso que al joven le guste. Porque sólo desde la satisfacción de estar haciendo aquello con lo que uno se siente identificado, se sale adelante. Eso hace motor. Difícilmente, se pondrá el mismo empeño en algo que “ni fú ni fá”.

A lo largo de mi ejercicio profesional durante más de veinte años, escuchando uno tras otro el relato de los jóvenes que han venido a consultarme, he podido captar el mismo desorientado discurso: No acabar de creer en ellos mismos, compararse continuamente con los demás, ya sean los padres o los colegas  (siempre en detrimento de la valoración de uno mismo), dudar de si lo elegido es lo correcto… En la comparativa, siempre salen perdiendo. Frases como : “Los demás, sí lo tienen claro”, o “los demás lo hacen mejor”, son el denominador común, que en muchas ocasiones impide avanzar y disfrutar de lo que se está construyendo.

Actualmente, además se añade a ese discurso casi universal de la juventud, otro que tendría más a ver con el momento socio-económico en el que nos encontramos :”total, ¿para qué? Si no hay trabajo…o, ¿para qué? si el trabajo que hay está mal pagado” etc. Más difícil entonces, atreverse a hacer eso que “se querría hacer”, en lugar de eso que “se debería hacer”. Y hablamos de nuevo, de las supuestas acertadas elecciones.

Resulta incomprensible para lo demás, a veces, lo que yo quiero y como lo quiero. Pero, que los demás no lo comprendan, no significa que no sea bueno. La confusión, está servida. Sentir que los demás no perciben nuestros deseos con la misma intensidad que nosotros, nos hace cuestionar su sentido, al punto, en ocasiones, de desistir y cambiarlo, para acabar haciendo algo que no tiene nada que ver con nosotros, y que jamás nos satisfará.

Por eso, nosotros los profesionales, debemos ayudar a que los jóvenes  sean capaces de sostener eso que han decidido ser (no sólo, hacer).

Facilitarles las herramientas psíquicas y emocionales, para que sean capaces de hacerlo sin angustiarse, y enseñarles, fundamentalmente, que la diferencia no es un obstáculo, sino el motor de las cosas. Lo que nos diferencia de los demás, es lo que nos hace ser especiales e insustituibles.

Adela Nogués.

Psicóloga.