¿Felices Fiestas? (El duelo)

Cuando se ha perdido  a un ser querido (porque ha fallecido o porque ha habido una ruptura sentimental), algo tan sencillo como disfrutar se convierte en misión imposible. Y al eslogan de : “Felices Fiestas” hay que incorporarle un interrogante.

¿Y que es lo que sucede en estas fechas Navideñas?  Que el duelo parece no tener un lugar en medio de los suculentos manjares y regalos propios de esta época. La sensación, es la de que mostrar tristeza no está permitido ( o se debe reservar para la intimidad). Uno se siente presionado por el entorno y piensa que debería haberse contagiado de la ilusión y la alegría reinantes…¡ Pero no es así !  Esas emociones no se contagian. Y menos para alguien a quien las Navidades, recuerdan especialmente, a ese ser querido que ya no está en nuestras vidas.

Aunque parezca un contrasentido, para algunas personas, el reencuentro familiar acentúa la tristeza y la melancolía, porque se hace más patente el vacío que ha dejado el que se ha ido. Se convierte en un calvario tener que disimular dicha tristeza, para no interferir o atenuar la alegría que suele acompañar estas reuniones. Más aún, teniendo en cuenta, que en ocasiones estas macroreuniones familiares sólo se producen en Navidad. La presión y el sentimiento de culpa se incrementan. Se convierte en un esfuerzo titanico estar ahí. Y en algún caso, esto se traduce en el deseo de aislarse, evitando asistir a dichas celebraciones.

Es importante entonces, que los que saben de ese sufrimiento se solidaricen con la persona afectada. Un buen modo de proceder, sería poder hablar de la persona ausente con la máxima naturalidad posible. Solo nombrarla la “presentifica”, y ello contribuye a que el sentimiento de añoranza se atenúe. Poder hablar de ella , verbalizando todo aquello que nos suscite la situación, hará más liviano el dolor. Por ejemplo, si estando sentados a la mesa  pensamos que tal o cual plato eran su favorito, debemos poder decirlo sin miedo, o como estaría disfrutando de la compañía de los presentes, como actuaría si estuviera ahí, o cualquier otra cosa que a uno le pueda venir la mente.

Hay cosas o situaciones, que se asocian directamente a las personas ausentes porque eran su “rasgo distintivo”. Cada uno de nosotros es absolutamente único e irrepetible, por más que se diga que “nadie es imprescindible”. No es cierto. De este modo, se pueden utilizar esas situaciones propias de las navidades para mencionarle. Tal vez si se escuchan villancicos, por poner un ejemplo, nos podamos acordar ( y comentar) de como le gustaban a él, o si alguien está explicando cosas divertidas, recordar la gracia que tenía explicando chistes,etc. Es decir, hablar de aquello que le caracterizaba cuando estaba con la familia.

A pesar de ello, también se impone ser respetuosos con la persona afectada y aceptar que en un momento dado pueda decidir no acudir a dicho encuentro familiar. Tal vez prefiera quedarse en casa sola. Aunque nos parezca inadecuado, no tiene porque serlo. Hay que desmontar clichés. No siempre es cierto que “estará mejor acompañado y distrayéndose”. Cada sujeto sabe que es lo que más le conviene y no hay que caer en convencionalismos, porque tal vez, lo que precisamente no quiere es “distraerse”, sino acabar de dedicarle un tiempo más al ausente, hasta que poco a poco a fuerza de “tenerle” en la memoria quede tan incorporado, que pueda ”ir con él a todas partes” y sienta que la presencia de los demás “no borra” la suya.

Hay que partir de la idea de que no existe una fórmula universal para la resolución del duelo (ni de ningún otro conflicto). Cada persona tiene su estilo y su “ tempo ”. Hay que saber respetarlo.

De todos modos, hay que estar atentos para poder discernir si dicha conducta tiene algún rasgo patológico, o está dentro de la “normalidad”.

Si detectamos que no está queriendo reunirse unicamente ese día con la familia, pero sabemos que en su día a día si se relaciona con los demás, no debemos preocuparnos. Pero si sabemos que en general, tiende a aislarse, si que hay que transmitirle que necesita ayuda.

Ahí entraría en juego el psicólogo, que puede ayudarle a recuperar lo que el fallecido “se le ha llevado”.

Eso es lo que nuestro equipo puede ofrecer a las personas que se considere que están haciendo lo que denominamos un “mal duelo” o “duelo patológico”.